
El periodismo es un oficio de curiosos, de inquietos, de mirones, de seres capaces de olfatear una historia en el aire, seguirle la pista, tirar del hilo hasta encontrar respuestas y publicarla luego, una vez contrastada.
Para ser un buen periodista, al margen de dominar la teoría y la técnica, es preciso tener vocación, criterio y cierta gracia para escribir. Casi todos los del gremio de la canalla desarrollamos recursos para conseguir más información y la premisa básica es saber escuchar: las voces de los protagonistas de la noticia, su lenguaje corporal, el ambiente del contexto, lo que se calla…
Aprender a ver más allá de lo que tenemos delante nos permite tener una perspectiva más amplia de la situación. Generar un clima de confianza nos abre puertas. Mantenerse alerta, detenerse en los detalles, por superfluos que parezcan, o recoger cuantas más versiones de los hechos desde diversos ángulos nos acerca a la exactitud.
El periodista de raza lo es a cualquier hora y en cualquier lugar, aunque esté de vacaciones. Ante un acontecimiento excepcional no puedes cerrar los ojos, los oídos y la mente y darte la vuelta, porque hemos elegido contar lo que sucede y ofrecer claves al lector para que interprete, por sí mismo, lo que le relatamos. Algo parecido al sacerdocio, pero sin voto de castidad.
No es menos importante tener siempre presente cuál es nuestro limitado papel en la película y nuestro cometido, para no caer en la perversión de convertirnos en personajes o, lo que es peor, en propagandistas; que es otra especie muy distinta.
Sin embargo, a veces resulta muy fácil ceder a una tentación con la que bromeábamos en la facultad: “No permitas que la realidad te estropee un buen reportaje”. Por afán de notoriedad, puesto que firmamos con nombre y apellido nuestro trabajo, exponiéndolo públicamente (y porque, en mayor o menor medida, somos una panda de vanidosos); o, simplemente, porque aderezar la narración con un toque estético, aunque éste nos aleje del rigor exigible, puede embellecer un texto.
La dignidad y la coherencia profesional deberían bastar para protegerte del anhelo de fatuo protagonismo. Y para combatir el impulso de “lucirnos” en un texto periodístico a costa de sacrificar el más mínimo punto de veracidad, resulta muy útil ejercitar la escritura, aunque sea en la intimidad; es decir, escribir como juego literario, en otras páginas.
Hace años que perdí la inocencia y asumo que, como colectivo, nos hemos ganado a pulso el desprestigio del que gozamos socialmente; pero defiendo a la mayoría de mis colegas por la seriedad y el esfuerzo con el que desempeñan su tarea. Incluso cuando se equivocan (o nos equivocamos), porque nadie es infalible todos los días. Excluyo del conjunto del colectivo a los “husmebraguetas”, los que se dedican a la víscera y los ya citados propagadores de soflamas. Todos ellos ejercen otra actividad, con la que no me siento identificada.
Esta larga parrafada no persigue el propósito de reflexionar sobre los periodistas y su ejercicio, sólo es la introducción al relato de una escena que presencié la semana pasada y me conmovió profundamente. Como no es tema de reportaje (porque sería forzar mucho la máquina), ni mucho menos una noticia, decidí inventarme la historia, vestirla de las palabras que tal vez nunca se pronunciaron y dibujarla con letras para que pueda ser leída, sin pretender ninguna certeza.
Una pareja se besaba en Enric Granados, junto a la Diagonal, en Barcelona. Pasadas las seis y media de la última tarde de marzo, aún luminosa y concurrida. Un hombre y una mujer que rondaban los cuarenta . Un maletín de marca en el suelo, junto a ella. Y el tiempo detenido a sus pies, envolviéndolos en una burbuja en la que no cabía nada más que un abrazo estrecho y dos bocas devorándose. Las manos de él, en la nuca y la espalda de la mujer; apretándola contra sí, sin recorrido. Las de ella, rodeándole el cuello, que sobresalía de un buen abrigo. El beso era eterno. Allí, plantados en mitad de la calle peatonal, se besaban con los ojos abiertos, pero ciegos al entorno.
Me paré muy cerca, pero no se percataron. Ni de mí, ni de un violinista que les dedicó su melodía, ni de los paseantes que seguían su camino girándose para comprobar que ellos continuaban comiéndose la lengua y el alma. Siete minutos sin separarse. Y, de repente, al ladear la cabeza con los labios del otro pegados a los suyos, vi deslizarse las lágrimas que a buen seguro salaban ese beso que tanto me impresionaba. La mujer estaba llorando y él le susurraba su aliento.
Por más que agudizara los sentidos, no pude descubrir ni un resquicio de lo que escondía aquel gesto interminable. De pronto, me sentí una intrusa entre los dos, molesta por querer saber, y un poco avergonzada continúe mi marcha. Seguían besándose.
Hasta aquí los hechos que observé. Y a partir de ahora, lo que quise imaginar.
No había desespero en la pareja, ni drama, ni parecía una despedida, era otra cosa. Algo les hizo olvidarse de todo lo que no fueran ambos y conformar una imagen de erotismo que destilaba amor. Expulsaron del cuadro a los demás y, de paso, nos recordaron que nosotros estábamos solos frente a la intensidad con que ellos se fundían a la par. El tie
mpo era suyo, los otros teníamos cosas que hacer. Quise suponer que el llanto de la mujer no era de tristeza, que era emoción desbordada. Que se decían: “Iré dónde tú vayas”. Que la locura transitoria les había transportado a otra dimensión ¡Quién sabe!, quizá sólo fuese un arrebato, pero me pareció intuir que disfrutaban la compenetración de los que saben quién y qué son.
Perturbada, apreté el paso para coger un taxi. Iba al aeropuerto, otra vez. Con prisa, saltando de una ciudad a otra, con el pasaporte en la boca y sin sabor a beso. Siempre corriendo y deseando detenerme.
Las pantallas anunciando destinos me distrajeron de la desazón. Unos me traían recuerdos, otros el anhelo de llegar allí, los menos, indiferencia; pero bajo el nombre de cada ciudad sobre fondo azul yo fantaseaba con mi propio beso. El beso que me devolvería el control sobre mi tiempo y, por ende, sobre mi vida. El que disolvería el caos.
Para gozar con esa intensidad del transcurso del tiempo, disfrutándolo sin medir, hay que tener mucho o muy poco. Los términos medios, aquí, no sirven.
Susana Abia
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