Dic 17

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Confieso que este año me he despistado. Al parecer, no he estado atenta al bombardeo de la televisión, ni tampoco me he percatado de los insistentes avisos de nuestro gran almacén por antonomasia, el que nos marca a los españolitos el comienzo de las fiestas de guardar y las distintas temporadas. La cuestión es que la Navidad está a la vuelta de la esquina y, en esta ocasión, como se dice vulgarmente, “me ha pillado en bragas”; o sea, que aún no he dedicado ni un minuto de mi tiempo a los preparativos del evento: ni felicitaciones, ni regalos, ni adornos, ni compra extraordinaria de manduca para las celebraciones. 

Puestos a contar intimidades, reconozco que, a excepción de los regalos, que nunca me planteo como obligación si no como una excusa para mimar a mi gente, he estado tentada de declararme en huelga y pasar de todo lo demás. Nada de postales navideñas, ni de las clásicas ni digitales; nada de abeto y detallitos para disfrazar la casa; nada de comidas pantagruélicas; nada de lo que no me pida el cuerpo. Si fuera capaz de mantener la coherencia me ahorraría un tiempo precioso y le daría un respiro a la visa, que ha llegado a estas fechas en un estado de salud económica que roza la agonía.

 

Sin embargo, soy consciente de que, a medida que avancen los días, acabaré abducida por el espíritu consumista y un tanto cursi que nos invade en estas fechas y me sumaré a la vorágine colectiva, y encima con prisas. Eso sí, como estamos en crisis (al menos los que tenemos hipoteca), me he propuesto un programa de reducción de gasto en horas y dinero. ¿Para que voy a decorar mi dulce hogar si yo, como los del anuncio, vuelvo a casa de mis padres por Navidad? Una cosa menos.  Los deseos de felicidad personalizados los reservaré únicamente para aquellos a los que quiero, y así me evito un montón de tarjetas o llamadas de compromiso. Las compras, que me las envuelvan en el comercio, para no tener que dedicar una tarde a hacer paquetes con lazos. Y se acabó lo de volverme loca contestando “sms” en Nochebuena.

 

Capítulo aparte merece el tema del zampe, porque el Gobierno nos lo ha puesto “a huevo” con la recomendación de comer conejo. Debe de ser una maniobra de distracción para que hablemos de sexo, porque se ha convertido en un chiste. Cuando se comenta el asunto, no tenemos en mente los menús navideños, que cada uno organizará de acuerdo a su presupuesto y a sus gustos culinarios, porque ya empezamos a ser pequeña legión los que nos resistimos al atracón obligado por imperativo social. ¿Por qué pagar una salvajada por un kilo de langostinos en diciembre, si no lo haríamos en marzo?.

 

En realidad, lo importante no son los manjares que vestirán las mesas, insisto en que el tema de conversación favorito es el sexo. ¿O de que otra cosa se acaba hablando, indefectiblemente, en las comidas/cenas de empresas o en las reuniones sociales que proliferan durante estas “entrañables fiestas” y sus vísperas? Pues de sexo.

 

Algo tiene que ir mal cuando el personal, sobre todo si está animado por alguna copa de más (otra de las tradiciones de estos días es el bebercio), practica tanto el sexo oral, o mejor dicho el verbal, porque me temo que hay una relación inversamente proporcional entre la plática constante en público sobre la materia y el disfrute efectivo de la misma. A juzgar por lo que he oído últimamente, la mayoría de la gente parece no estar satisfecha de su vida sexual. Ellos y ellas se quejan, por separado, de tener carencias. Algunos, fantasean en voz alta sobre lo que desearían hacer si tuvieran la oportunidad, o la oportunidad estuviera de acuerdo con sus apetencias. Incluso hay quienes subliman el flirteo para cubrir sus expectativas, aun a sabiendas de que no intentarán ir más lejos. 

 

Me da la impresión de que, especialmente a partir de cierta edad, a más de uno y de una lo que les ocurre es que la pereza, el cansancio o la costumbre es superior a sus ansias de retozar cuerpo a cuerpo; pero debe de resultarles más fácil lamentarse que admitir su apatía.

 

En resumen, mucha boca y poca piel; así que, no estaría de más dedicar las mini vacaciones que se nos avecinan a prestarle más atención a la carne y no precisamente a la del cordero.

 

 

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Susana Abia

 

 

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