Nov 10

 

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Hace tres meses cumplí cuarenta años. Tengo una mujer encantadora y un hijo de año y medio que es una auténtica monada. Trabajo como Free Lance o, mejor dicho, en castellano del bueno, me busco la vida a mi manera como uno de tantos y tantos trabajadores autónomos de este país. Creo que hasta aquí todo es normal, unos meses mi vida se acelera como un cuenta revoluciones a 8000 mil vueltas por minuto y otros se para todo y voy funcionando al ralentí. Soy una pieza más del engranaje del sistema, del río que fluye: entre semana produzco, me cobran lo que produzco (hipoteca, letras, seguros, tarjetas) y el fin de semana me gasto lo que he producido de más (hipermercado y aledaños en el centro comercial). 

Voy flotando con la cabeza fuera por una corriente de cifras, de cargos en cuenta, de letras pagadas, de ingresos en efectivo, de pagos aplazados, que me lleva, que me arrastra sin que yo pueda hacer nada, nada más que nadar mis nueve o diez horas diarias para seguir a flote. A ambos lados, en las riveras del río, veo acechantes gran cantidad de indígenas que me apuntan con sus lanzas: los trabajos que al final no salen, los que has hecho y todavía no te han pagado, los pagarés a 90 días, la semana de gripe sin salir de la cama dándole vueltas a lo que se te viene encima como no espabiles. Y en esta situación delicada estoy cuando me despierto a media noche sobresaltado, con un sudor frío y unas enormes ganas de orinar.

 

Vuelvo del servicio, y al mirar el resguardo del banco del pago de seguro del coche que dejé olvidado sobre la mesa del salón esa noche, me lleno de curiosidad. Se me ocurre en ese momento una idea peregrina: puedo sacar como gastos mensuales los pagos que hago al año y juntarlos con los fijos de cada mes para saber cual es mi gasto real de un mes a otro. Me pongo manos a la obra: 870 Euros de hipoteca (me han subido en un año 120 Euros), 60 tarjeta del Corte Inglés (que bien nos viene el pago aplazado para la ropa del nene), 70 de otra tarjeta con la que pagamos la última derrama del edificio, 200 de móviles (yo gasto el doble que mi mujer), 75 de Telefónica e Internet en casa, 25 de luz (Un pago de 50 cada dos meses), 15 de agua, 50 de Comunidad, 60 de seguro del coche (700 al año), 15 de seguro de hogar, 60 de seguro de vida obligatorio al tener esa hipoteca, 600 de comida de los tres (farmacia incluida y otros imprevistos) y gastos de ocio los fines de semana, 70 de plaza de garaje (en nuestro barrio es imposible aparcar), 130 de una mujer que viene a limpiar (empezó cuando nació Miguel y a día de hoy, trabajando los dos, para nosotros es indispensable), 60 de gasolina del coche, 90 de mantenimiento del coche, 75 de gas y calefacción, 50 de impuestos de casa y coche, 70 que le pago todos los meses a mi hermano por el dinero que nos dejó para la reforma del baño… y, creo que ya está, por cierto, se me olvidaban los 120 que cobra la psicóloga que nos trata a mi mujer y a mí dos veces al mes porque el niño no quiere saber nada de la comida (la de los 600 Euros de los tres) y nos la estampa en la cara o en la mesa y ya no sabemos qué hacer. 

 

Termino y escribo el TOTAL mientras me dispongo a sumar. No sé si salen 2745 0 2765 Euros, pero me da igual. Empiezan a ponerse mis pelos de punta. Sin ningún imprevisto son casi 3000 euros al mes, es decir, 36000 al año. La cabeza me empieza a ir a cien mil. En diez años habré gastado 360.000 euros, en veinte, cuando probablemente todavía mi hijo no haya ido a la Universidad, la cifra habrá subido a 720.000 Euros. Con la subida de intereses, algún otro niño más que entra en el proyecto, cambio de coche por viejo, jardines de infancia, ortodoncias, o lo primero que se les ocurra, llegaré seguramente al millón de Euros…

 

No creo que lleve una vida demasiado cara, ni una existencia excesiva y boyante llena de cosas superfluas. Tampoco estoy enganchado a la cocaína, ni mi mujer a las máquinas tragaperras. No tengo una querida a mi cargo, ni mi mujer un amante, ni problemas de consumo compulsivo. No hemos tenido vacaciones y lo más que hemos hecho este año es pasar unos días en Madrid en casa de mi madre. El lugar del mundo donde más nos gusta estar es en casa con Miguel. Despilfarramos dos veces al mes yendo al cine y a tomar un par de platos de pasta después en el Ginos. No tenemos caprichos, ni el último modelo de 4×4 (más bien un 1×4 con diez años), ni joyas en una caja fuerte en el banco, ni hemos hecho nunca un crucero hortera y carísimo y mucho menos una escapada de una semana a eso de Punta Cana, pero, en los próximos veinte años habremos gastado un millón de Euros. Quién es el pobre iluso que no se cree que al final no vaya a ser millonario.   

 

EL INFARTAO

 

 

NOTA DEL AUTOR. Por supuesto, nada más lejos en mi ánimo que faltar al respeto a las personas y a las familias que realmente pasan hambre y necesidad. Todo lo que para nosotros puede parecer indispensable se convierte en verdadero lujo oriental para los que apenas tienen para echarse algo a la boca o llegar a fin de mes, por no hablar de lo que vemos cuando abandonamos nuestro “perfecto” continente y bajamos a los bajos fondos de la tierra. Si usted no para de quejarse por su “angustiosa” situación como yo y después medita bien la reflexión anterior puede llegar a sentirse con orgullo como este verdadero gusano.

 

 

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2 Respuestas a “TRANQUILO, TODOS SEREMOS MILLONARIOS”

  1. Tranquilo, todos seremos millonarios // menéame Dice:

    […] Tranquilo, todos seremos millonarioswww.perrosviejos.com/blog/20071110/todos-seremos-millonarios/85 por elgore hace pocos segundos […]

  2. fatima gil Dice:

    busco trabajo, pero no lo he encontrado aun, tengo 40 años,tengo estudios univer. hablo ingles, frances.

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