Oct 31

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Escarlata O’Hara era una incomprendida. Cierto es que la chica no se andaba con tonterías a la hora de lograr sus objetivos, pero no es menos verdad que era decidida, voluntariosa y optimista, lo que le permitía resolver sus problemas y necesidades más primarias (comer, por ejemplo) y, de paso, solucionar la papeleta a los de su alrededor. Siempre me pareció injusto que ella fuera considerada una heroína luchadora pero sin escrúpulos, mientras que la dulce Melania se convirtiera en el prototipo de mujer buena, abnegada y generosa. Sin Escarlata, Melania no hubiera durado dos telediarios, porque habría sido incapaz de sobrevivir en un escenario tan feroz. 

Pero ¿somos suficientemente perros viejos para recordar el argumento de Lo que el viento se llevó? Quizá me estoy pasando de rosca, remontándome demasiado atrás. En cualquier caso, la protagonista de este culebrón inolvidable hizo célebre la frase “ya pensaré mañana” cuando los acontecimientos la desbordaban. Y ahí es donde iba. Llega un momento en que mañana es hoy y ya no podemos aplazar más las decisiones. Incluso no hacer nada es una opción, porque si te dejas llevar la vida decide por ti.

 

¡Si es que no aprendemos! Ante una situación que nos provoca conflicto, desazón o malestar, si la solución pasa por aplicar medidas drásticas, procuramos dilatar el tema con la absurda esperanza de que el asunto se arregle por sí solo, o al menos se haga más llevadero y nos permita acomodarnos; porque nos resistimos al cambio, nos da pánico lo que puede venir después.

 

La mayoría de nosotros conocemos a alguien harto de su trabajo, de su rutina diaria y de la insatisfacción permanente, pero esa misma persona que se queja machaconamente encuentra de continuo argumentos, de mayor o menor peso, para perpetuar su posición. En el fondo, me temo que resulta más fácil, y más cómodo, manejarse con pesares cotidianos que lanzarse a la incierta aventura de intentar encontrar una vía más satisfactoria. Así que sacrificamos la posibilidad del bienestar por una relativa estabilidad.

 

La cosa empeora al ir cumpliendo años, porque ya se sabe que, en general, a partir de cierta edad los únicos experimentos que estamos dispuestos a llevar a la práctica son con gaseosa ¡y gracias! Es curioso, pero en una época en que por la experiencia adquirida deberíamos estar más seguros de nosotros mismos, a la hora de embarcarnos en nuevos retos nos pesa más el desgaste sufrido mientras íbamos creciendo, como personas y como profesionales.  

 

Soportamos demasiadas presiones, que nos van minando, e inmersos en una cultura que mide el éxito por los logros acumulados, es complicado virar el rumbo y apostar por iniciar otro camino sin garantías. Por eso me sigue gustando Escarlata, porque no se rendía, por su osadía y porque, en definitiva, confiaba en un futuro mejor y se la jugaba para conseguirlo. Los repetidos palos recibidos no doblegaron su espíritu. 

 

 

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Susana Abia 

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Una Respuesta a “YA PENSARÉ MAÑANA”

  1. cristina muñoz Dice:

    Yo es que no puedo con las Melanias desde hace mucho tiempo,crei que era un defecto por que son las típicas personas que simpre caen bien,saben lo que hay que hacer en cada momento y son la virtud personificada,pero que si no tiene detras a alguien que se ensucie con el trabajo,no llegan a mosquitas muertas

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