
Demasiado jóvenes para resignarnos y demasiado mayores para empezar de cero. Aparentemente, lo tenemos crudo, y sin embargo somos una generación a la que se le puede sacar mucho partido. Inmersos en la década de los cuarenta, hemos afrontado -me atrevería a decir que, con éxito- el reciclaje al que nos ha obligado la era tecnológica y ya no somos analfabetos funcionales ante un ordenador o cualquier otro aparato con más de dos botones, de esos que en teoría funcionan para facilitarte la tarea y en realidad a menudo te complican la existencia. En general, tenemos demostrada experiencia profesional y personal, sabemos manejarnos y no nos asustan el trabajo ni las dificultades, porque ya entendimos que la suerte también se gana.
Crecimos preparándonos para ser competitivos, pero antes de que se instalara socialmente la filosofía del “todo vale”; así que, salvo excepciones que siempre haylas, no somos unos trepas sin escrúpulos. Nos dejamos la piel esforzándonos por formarnos y asumimos nuestros primeros empleos sin mirar el reloj. Estamos orgullosos de haber recorrido un largo camino hasta hacernos un hueco en el mercado laboral y, conscientes del empuje con que llegan los siguientes, procuramos continuar invirtiendo en aprender. Eso sí, muchos, entre los que me incluyo, tenemos pendiente la asignatura de los idiomas, pero suplimos esa carencia con recursos y habilidades sociales.
¿Qué nos sucede entonces? ¿Por qué, si decidimos cambiar de trabajo, resulta tan complicado que una empresa contrate a alguien de unos 45 años? Cierto que sale más barato apostar por un profesional joven que está empezando, pero el bagaje que llevamos a nuestras espaldas debería pagarse, porque resulta rentable.
La gran contradicción es que vivimos una cultura que promociona la juventud como un valor prioritario y en alza, mientras que a la vez insiste en desarrollar todo tipo de iniciativas, intervenciones y negocios con el objetivo de mantenernos en plenas facultades (físicas, psíquicas, emocionales e intelectuales) hasta una edad avanzada. Ante esta situación, es curioso que valga más un joven de 28 años, por ejemplo, que uno de 43.
Ni qué decir tiene que las mujeres cargamos con mayores problemas. A nosotras, además, se nos exige estar lo más estupendas que sea posible y, lamentablemente, todavía hay especímenes que confunden buena imagen, que es un requisito comprensible en algunas profesiones, con tener unas piernas de vértigo, por no decir algo más fuerte.
Así las cosas, no es de extrañar que quien pretenda cambiar de puesto de trabajo o incluso dar un giro a su vida laboral a partir de la mitad de su vida, de entrada, sienta que el suelo tiembla bajo sus pies.
Debo confesarme una privilegiada en el ámbito profesional, me gusta lo que hago, disfruto con ello y mi trabajo me permite ciertas alegrías. No todos son tan afortunados, unos porque quieren mejorar de condiciones o salario y otros porque se aburren con lo que hacen y no se resisten a adocenarse, pero saltar al vacío sin red en una época vital en la que la mayoría del personal arrastra cargas económicas, una hipoteca o el crédito de un coche, o hijos que salen por un riñón es una decisión peliaguda.
Por supuesto, no tengo la solución, si la tuviera me dedicaría a escribir libros de autoayuda o a dar conferencias bien pagadas, pero creo que hay una posibilidad intermedia que puede resultar interesante y productiva. Una excedencia, un año sabático, bien para seguir estudiando, para probar una experiencia nueva o, simplemente para permitirnos un parón en el que dedicarnos a cualquier cosa que nos enriquezca e ilusione. Cada vez son más los que se atreven, si llegan a ese punto en el que se detienen a reflexionar sobre cómo quieren pasar el resto de su vida.
Por mi parte, no puedo evitar que me parezca una salvajada estúpida la medida que ha tomado RTVE, de prejubilar a toda una generación de periodistas que son la memoria histórica de este país, que informaron desde la transición, que saben cómo han evolucionado los medios de comunicación y muchos de los cuáles son un referente en la profesión. Los indios, con sus consejos de ancianos, eran más sabios.

Susana Abia
Etiquetas: cambio generacional, jubilación, mayores de 45 años, salto laboral, Susana Abia, Susana Abia, trabajadores con experiencia





11 dEurope/Berlin Diciembre dEurope/Berlinl 2007 a las 14:40
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