Sep 29

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Las noches que ayer se agotaban en un suspiro, poco a poco e irremisiblemente, se alargan; aún son húmedas, pero su abrazo es menos cálido y, a veces, en la madrugada te golpea un latigazo inesperado y fugaz de frío, que provoca un estremecimiento. El verano anuncia su final con precipitada antelación y estrena septiembre advirtiendo que a la vuelta de la esquina nos espera el orden y el rigor de lo cotidiano y, por supuesto, el gris, que este año es tendencia.

Esa cierta lasitud y despreocupación que nos invade durante los meses de estío, ese poso de holganza que nos atrapa incluso si estamos trabajando, nos  abandona. Iniciamos curso y, como cuando éramos escolares, nos toca centrarnos en las obligaciones, establecer horarios y procurar cumplir objetivos. Hasta ahí, la situación no es grave, pero la cosa se complica cuando volvemos a enfrentarnos con la mochila de los problemas y pesares que aparcamos en un rincón antes de concedernos, aunque sólo fuera mentalmente, unas vacaciones. La muy puñetera no se ha vaciado, conserva intacto su cargamento y de nuevo hay que echársela a la espalda, caminar con ella a cuestas y hacer equilibrios para que, a pesar de que en ocasiones nos doble, no consiga tumbarnos. 

Pertenezco a esa clase de personas, numerosas en mi generación, que todo lo hicieron deprisa. Teníamos prisa por vivir, por aprender, por encontrar un hueco en el que situarnos, por llegar a alguna parte, hasta los que no sabíamos a dónde queríamos ir. Y un buen día nos paramos y nos descubrimos cansados, más allá de lo que en teoría es propio de una edad intermedia, en la que has superado los cuarenta pero todavía percibes lejano el medio siglo. Agotados unos por haber acumulado demasiado en la mochila de marras, descolocados otros porque no están donde desearían estar -o no les compensa el refugio que alcanzaron-, escépticos la mayoría y cuestionando si era necesario tanto derroche de esfuerzo. 

Somos perros viejos, personal y profesionalmente, a menudo desubicados en una u otra parcela de nuestra existencia. O relativizamos y sacamos provecho a la experiencia, o nos reinventamos para protagonizar otra historia que nos gratifique. En cualquiera de los dos casos es necesario soltar lastre, desprenderse de lo prescindible, de lo que nos aporta bien poco y dar cabida a lo que está por venir. Salvando las distancias, es como lo del disco duro del ordenador, si está lleno tienes que limpiar y borrar, o no te sirve para guardar nada más. Cabe también la opción del acomodo y la resignación, pero como no es la mía, no la contemplo.

Consciente de que el reto no es fácil y tramposa donde las haya, he decidido comenzar por lo más sencillo y apuntarme a la moda de evitar compras superfluas, que luego se amontonan en el armario, y optar por el alquiler. Internet te ofrece la posibilidad, a partir de 30 euros mensuales, de asociarte a clubs en los que te facilitan bolsos de marca, estilosos trajes de chaqueta, vestidos de noche, joyas y otras fruslerías sin necesidad de hacerlas tuyas. Sólo las disfrutas cuando te apetece, por una cantidad razonable.

En éstas andaba, despertando a un mundo nuevo de posibilidades, cuando me ha llamado la atención algo que ha excitado mis sentidos: “El manual de la perfecta arpía”. ¡Es la bomba!. Para aclararnos, la arpía no es un ser desagradable y odioso socialmente, ni mucho menos. La perfecta arpía es encantadora o lo aparenta. Abusa sin remordimientos de quien se deja, porque el otro o la otra lo consiente sin rebelarse; se adora, porque se lo merece, y acaba convenciendo a los demás de que es una premisa cierta y digna de tener en cuenta; la compasión y la generosidad no existen en su vocabulario, para evitarle disgustos que le afeen el rictus; y concentra su talento en una buena causa: la suya.

De entrada no reúno demasiadas condiciones, pero supongo que con voluntad y siguiendo las instrucciones pertinentes, algo podré hacer por mejorar. Mae West ya advirtió que “las chicas buenas van al cielo y las malas donde ellas quieren”. Me tienta averiguarlo y pese a estar segura de que no culminaré con éxito la misión, el empeño promete divertimento.    

SUMARIO

“Somos perros viejos, personal y profesionalmente. O relativizamos y sacamos provecho a la experiencia, o nos reinventamos para protagonizar otra historia que nos gratifique”.

 

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Susana Abia

 

(Publicado en Diario Información)

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Una Respuesta a “QUIERO SER UNA ARPÍA”

  1. Mayra del Canto Dice:

    No soy perro viejo, soy un cachorro en la jungla pero me gusta esta web. Con poca experiencia en general y con tendencia a relativizarlo todo en particular… he de decir que tus palabras siempre ayudan.

    Sigue escribiendo y te seguiré leyendo. Muchos besos Susana.

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